septiembre 07, 2015

Beck
Morning Phase


Han pasado alrededor de siete años desde que 
Beck se despojó de muchos artilugios para dar vida al retro “Modern Guilt” (DGC/XL, 2008) con el que logró muchos condecoraciones gracias a su extraña combinación electrónica con su sonido orquestal sesentero. Sin embargo, para esta nueva entrega, Beck quería hacer algo contrario de su predecesor, algo más sostenido en la levedad y en la lentitud. El resultado fue “Morning Phase” (Capitol, 2014), un disco con un corte más tranquilo y acústico, muy en la vena de “Mutations” (Geffen, 1998) pero sobre todo en “Sea Change” (Geffen, 2002) aunque con algunas diferencias muy notables, sobre todo en las matices de sus composiciones.


Mientras todo lo que era melancolía en “Sea Change”, en “Morning Phase” irradia más calidez. El duodécimo cancionero de este güero vuelve a reflejar sus estados de ánimo pero ahora de una forma más amable y cortés. Entre los diez años de diferencia de 2002 a 2014, las cosas han cambiado en su vida personal y eso queda claro al escuchar estas trece canciones –doce si quitamos la obertura de ‘Cycle’ de menos sesenta segundos–. Se trata de un disco más optimista, que de cierta forma lo es, aunque no por ello se está frente a una obra llena de melodías cursis e insustanciales; al contrario, hay una contextura de profundidad, delicadeza, calma, y un buen gusto en arreglos que en conjunto reflejan las emociones y sosiego de su autor e intérprete.

La premisa es buscar la redención a través de las dificultades, demostrar que siempre hay un nuevo comienzo, de un nuevo amanecer, ese que parecía no llegar pero que ahí está. Un buen ejemplo es la pieza abridora (‘Cycle’) que sobreexpone el clima soleado, y que se sostiene hasta la mitad del álbum, donde los demás temas (‘Morning’, ‘Heart Is a Drum’, ‘Say Good Bye’, ‘Blue Moon’, ‘Unforgiven’, ‘Wave’) se ajustan al temple reflexivo y emocional. También hay un breve segmento de dos canciones (‘Don’t let it go’ y ‘Blackbird Chain’) con un aire innegable al folk de Neil Young o Bob Dylan. Entonces llega la tercera y última parte del álbum (‘Phase’) que apunta una transformación, un cambio que determina las últimas sensaciones del disco sin que por ello se haya movido de su posición inicial (‘Turn Away, ‘Country Down’) y cierra con un epílogo agridulce (‘Waking Light’) que, básicamente nos dice que hay que seguir avanzando y que en todo día también hay una tarde, una noche y nos arroja de nuevo al ciclo.

Beck recorre de principio a fin la historia de una mañana en la que se tomó el tiempo para descubrir sus rastros. Lo hace ante la innegable potestad del destino sin estructurarse en las tragedias o los giros dramáticos como bases; asimila sus pensamientos de manera pausada hasta que va poniendo las cosas en orden con serenidad y resignación para buscar el delicado equilibrio entre la tristeza y la belleza sin ser depresivo.

Cierto que “Morning Phase” está lejos de ser el mejor trabajo de Beck, resulta ser muy ensimismado (sin la debida predisposición puede llegar a exasperar a quien no tenga paciencia para las canciones ralentizadas) y es fácil que pueda caer en la categoría del remake, no obstante, es un álbum que da cátedra de la clase y elegancia que se le puede otorgar a una canción con tan sólo utilizar los elementos básicos de la música, sin recurrir incluso a las herramientas electrónicas que en el pasado han servido para el nacimiento de las mejores joyas este prolífico músico. Más allá de sus pretensiones artísticas, el de California ha logrado un álbum que reta a la fácil composición, al verso pegajoso, a la farsa explícita de ciertos artistas y sus mayores clichés y lo hizo a través de composiciones hechas con paisajes apacibles a partir de escalas armónicas llenas de luz, que demuestran lo infravalorado que está el arte en estos tiempos donde la practicidad y la rapidez hacen de lado al detalle. ¿Ahora podemos dejar de lado si debía o no ganar algo tan banal como la baratija del Grammy?

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